Dora Yaneth Mosquera: “No sólo busco a mi familia, también el perdón”

Víctimas
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Dora Yaneth Mosquera tiene 37 años,  dueña de un rostro cansado que ha vivido la guerra desde que era una niña.  Nació  en el municipio de Fortul, Arauca.  “Todo ese territorio de Arauca ha sido de las guerrillas, de los del ELN y las FARC” comenta Dora, explicando el contexto de lo que será una historia de  sufrimiento, perdidas y desapariciones, y al mismo tiempo de fortaleza y persistencia. 

“Yo vivía en Pueblo Nuevo, Arauca,  con mi mamá  y mis  seis hermanos, éramos tres mujeres y 4 hombres y vivíamos todos en una casa a la que la guerrilla le llamaba finca. Mi mamá trabajaba duro en las cosas que le iban saliendo, durante un periodo largo de tiempo fue la señora que servía los tintos en la alcaldía para que por lo menos alguno de mis hermanos pudiera ir a la escuela. Las mujeres si nos quedábamos en la casa, con decirle que yo a los quince años ya estaba casada”. Se asoma una sonrisa en medio de su dolor y  con orgullo me dice que ese amor adolescente, es el padre de sus tres hijos y aún su compañero de vida.

Todo pasó en una noche de 1995, Dora no recuerda el mes, ni el día exacto, (tiene que revisar su cédula para saber el año en el que nació), sólo recuerda que salió huyendo de una guerra en compañía de su esposo, con tan solo dieciséis años rumbo a Bogotá. Le pregunto el por qué de su desplazamiento,  me responde con cierto tono de obviedad:  “Ya le dije, a la casita donde vivíamos la guerrilla le decía finca. A mi mamá le cobraban plata, le decían que trabajaba para el estado,  yo la verdad no entendí. Yo creo que solo querían era el pedazo de tierra”. 

Desde meses atrás la guerrilla venía presionando a la familia de Dora para que salieran del pueblo,  constantemente  hacían insinuaciones sobre los 4 hombres de la familia. “Si no están estudiando pues se van para la guerrilla, ¡y claro!, Pues como mi mamá no podía tener a los cuatro en la escuela, entonces le tocaba estar pendiente de que no se los fueran a llevar para el monte”.

“Esa noche” como la llama Dora, sería el comienzo de la angustia, la división de una familia y la desaparición de dos de sus miembros. La madre de Dora, reunió esa noche a su familia, le pidió al esposo que se la llevara esa misma noche para Bogotá, pues ella saldría al otro día con sus otras dos hermanas a encontrarse con ellos. La primera instrucción fue cumplida. Dora y su esposo salieron esa misma noche. Y así, en medio de una huida, llegó el día,  y llegó el otro, pero ni su mamá ni sus hermanas aparecieron. Dora esperó dos días más en Bogotá, pero la incertidumbre y la angustia la obligaron a devolverse a Arauca para buscar a su familia. Al volver, no encontró más que una casa sola, en su interior no quedaban sino los recuerdos de dieciséis años rotos, quemados, totalmente destruidos. Preguntó por todo el pueblo si alguien sabía del paradero de sus hermanos, qué había pasado con su mamá y sus hermanas que supuestamente habían salido para Bogotá. Nadie le dio respuesta. Las dudas crecían y el miedo de imaginar a toda su familia muerta no la dejaría dormir tranquila por lo próximos dieciocho años.  Dieciocho años de preguntarse por el paradero de sus hermanos, de su mamá y sus dos hermanas. ¿Estarán vivos?, los viajes que hizo Dora constantemente a Arauca desde Barbosa, Santander, donde actualmente vive con su familia, fueron inútiles.

Hace dos años Dora sufrió un accidente. Un carro la atropelló y la dejó postrada en una silla de ruedas durante ocho meses. Los pensamientos que la embargaban solo llamaban la muerte, una profunda tristeza se había apoderado de ella.  “A mí ya no me quedaba nada, estaba deprimida, sólo mis hijos me mantenían viva. Me entró el afán de saber por todos mis hermanos, así que le dije a mi esposo que me iba para Arauca a buscarlos, como fuera los iba encontrar, me encomendé a Dios y en muletas me fui hasta Arauca a preguntar por ellos”. Y es acá donde las buenas noticias se opacan con las malas. Dora en ese viaje, después de 20 años, se reencuentra con sus 4 hermanos tras preguntar en varios pueblos y con amigos de la familia, que algo recordaba. “Imagínese,  yo pensaba que ellos estaban muertos y ellos que yo estaba muerta, eso era de no creer”. Abrazos con lagrimas se acompañaron y de ahí en adelante sólo lagrimas e incertidumbre.

Inmediatamente después de la alegría del encuentro, Dora preguntó por su mamá  y sus dos hermanas.  Un silencio  largo se apodera de Dora, es como si estuviera conmigo, relatándome su historia pero es justo en este momento que veo que sus ojos se pierden y a la vez se empañan.  “Mi hermanita, la menor,  resulta que se suicidó, no aguantó y la otra hermana, la que me seguía a mí, junto con mi mamá, no aparecen desde esa noche”.

Esa noche, al salir huyendo Dora junto con su esposo, sus hermanos y su hermana menor, no lograron encontrar a su mamá, ni a su otra hermana; en ese momento llegó la guerrilla a quemar y a destruir todo lo que encontraron a su paso. Todos sus hermanos salieron desplazados, tomando camino hacia la Gabarra (Norte de Santander), y allá se establecieron durante los siguientes cuatro años. 

En la Gabarra la historia no fue muy diferente. El 21 de agosto de 1999 a eso de las siete de la noche se fue la luz. Los hermanos le cuentan a Dora que los paramilitares se habían tomado el pueblo y hubo una masacre, en la cual Dora agradece no haber estado presente. “No lo hubiera aguantado, menos mal mi mamá me mandó con mi esposo para otro lado. Y si yo no lo hubiera aguantado, imagínese mi hermanita… Se mató, no aguantó ver tanto muerto y además saber que ni mi mamá, ni mi hermana, ni yo aparecíamos. Estaba ella sola con cuatro hombres que no sabían lo que era cuidar una niña”.

Dora se devuelve a Barbosa, junto con su esposo y sus hijos. Y ahí en compañía de ellos, comienza una lucha que hoy no termina;  La incansable búsqueda de su mamá y su hermana.  Su mamá  se llama Silvia Mosquera Rojas y su hermanita Anaida Luz Mosquera Mosquera, en el año que desapareció tenía siete años, pero no logra decirme con exactitud la edad de su mamá.  Guarda una foto de cada una con la esperanza de encontrarlas. 

“Es muy duro eso, saber que todo esto lo creo el Estado y es a uno el que le toca pagar y poner los muertos”. Dora tiene muy claro que el surgimiento de estas guerrillas y hasta de los mismos paramilitares se da por la falta de atención a las poblaciones y el abandono del Estado en los territorios.
Dora está en la lista de la Unidad para la Atención y Reparación de Victimas y desde Barbosa, trabaja con grupos de desplazados por el conflicto armado en procesos de perdón, como ella le llama. Me pide el favor de divulgar las fotos de su hermana y su mamá, Dora es una mujer de mucha fe, luchadora y persistente, que no dejará de trabajar ni un solo día, no solo para encontrar a sus familiares, sino por todos aquellos que han sufrido la guerra, como a ella le tocó.  “A veces pienso que después de 20 años mi mamá puede que esté muerta, pero mi hermanita… ¿Qué tal si fue una de las niñas de las filas de la guerrilla? Hoy tendría 27 años y sé que está viva”.

 

Oficina de Prensa Marcha Patriótica

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