Bolívar desnudo: Las disidencias sexuales y de género en lucha por la Segunda y Definitiva Independencia

LGBTI
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En Bolívar nos encontramos todos

Movimiento Continental Bolivariano

(…)Hay tantos niños que van a nacer

Con una alita rota

Y yo quiero que vuelen compañero

Que su revolución

Les dé un pedazo de cielo rojo

Para que puedan volar

Pedro Lemebel. Manifiesto Hablo por mi diferencia

 

Interpelar directamente al poder, la ley, el orden y la norma del macho; luchar por superar toda sociedad que fundamenta su poder en la exclusión y la opresión. De ahí que toda acción no debería llegar hasta la simple liberación sexual, sino lograr la conmoción de toda sociedad clasista y falocrática

León Zuleta

 

Londres, 1994. Exposición Utopía. “El libertador Simón Bolívar”. Conocida como el Bolívar travesti, esta obra del artista chileno Juan Domingo Dávila que representa al libertador sobre un caballo, con caderas anchas, senos semi descubiertos y haciendo el popular gesto de fuck you, fue conocida a través de pinturas postales en algunos países de Latinoamérica. 

La obra de Dávila, tachada de obscena y blasfema, suscitó una polémica artística, política y diplomática al haber sido financiada por el Ministerio de Educación de Chile. Los Gobiernos de Venezuela, Colombia y Ecuador manifestaron su molestia. La bandera de Chile fue quemada en la embajada de este país en Caracas.

Carnaval de Rio de Janeiro, 2006. Conocido como el Bolívar gay, esta carroza del libertador con un corazón en la mano fue presentada en el carnaval carioca  como parte de la Escuela de Samba Vila Isabel financiada por la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA).

Entre otros apelativos fue calificado con virulencia como una “vergüenza nacional” por parte de la prensa opositora venezolana.

Como es lógico, estas no han sido las únicas representaciones del Libertador poco convencionales. En 1983 se presentó en Bogotá la exposición Bolívar contemporáneo financiada por la Biblioteca Luis Ángel Arango; entre las obras allí presentadas está el Bolívar erótico del artista colombiano Augusto Rendón. Ninguna de las obras causó revuelo a pesar de su evidente representación fuera de los cánones clásicos. La causa: seguramente estas obras no representaban la feminización del líder independentista ni generaban dudas frente a su masculinidad u orientación heterosexual. 

Las críticas a la obra de Dávila y a la carroza del Carnaval de Rio, como es de esperarse, son dirigidas principalmente por sectores homofóbicos ubicados políticamente muy a la derecha; lo que da cuenta de la necesidad de alinearnos, como disidentes sexuales y de género, muy a la izquierda.   

Disidencias Sociales, Sexuales y de Géneros

Cuando asumimos nuestros cuerpos y deseos como disidentes sexuales y de géneros no estamos dando cuenta principalmente de nuestra identidad de género hombre, mujer, transgenerista u otra, ni de nuestra orientación homosexual, bisexual o heterosexual; sino del reconocimiento de la heterosexualidad como un régimen político en lo que fue dado en llamar por el feminismo heterosexualidad obligatoria o por la teoría queer en los 90´s heteronormatividad. Esto es, todo un complejo entramado cultural y social que reproduce, a través de la religión, la familia, la educación, el deporte, una paranoia anti homosexual orientando a los seres humanos a asumir sus cuerpos y sus deseos a partir de un determinismo biológico: falo-hombre-masculino-heterosexual o vulva-mujer-femenina-heterosexual; heterosexualidad centrada genitalmente sin asumir el cuerpo como un todo productor-receptor de placer.

En ese sentido, la heterosexualidad no es una orientación sexual más sino, en muchos sentidos, una imposición cultural. De ahí que nos asumamos disidentes: nuestros cuerpos no son solo diversos sino que se encuentran fuera de la sexualidad hegemónica.   

Como expone el siempre lúcido Paul Preciado en su Historia de una palabra: queer, los “disidentes de género y sexuales () resisten frente a las normas que impone la sociedad heterosexual dominante, atentos también a los procesos de normalización y de exclusión internos a la cultura gay: marginalización de las bolleras, de los cuerpos transexuales y transgénero, de los inmigrantes, de los trabajadores y trabajadoras sexuales”.

Sin ánimo de parecer esquemático, podemos compararlo con otros sistemas de opresión y explotación. El machismo es solo un síntoma de todo un sistema patriarcal de opresión al cual las mujeres han enfrentado la política feminista. El capitalismo es un sistema de explotación cuyos síntomas, entre otros, son el individualismo y la pobreza, al cual los obreros han enfrentado el socialismo o el anarquismo. De esta manera, la homofobia es solo un síntoma de un sistema que plantea la heterosexualidad como normativa y al cual enfrentamos la política de la disidencia sexual y de género.

Ahora bien, no solo somos disidentes sexuales y de géneros, sino que lo somos situados en una realidad concreta: Colombia, Latinoamérica. En ese sentido debemos proyectar unificar las luchas territoriales: nuestro cuerpo como territorio y ese otro territorio patrio, el “cosmos verde que nos ha alimentado como nación desde que el mundo es mundo”, en palabras del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda.

Segunda y Definitiva Independencia

Un ejemplo enorme en la comprensión de la intersección de opresiones han sido los feminismos populares latinoamericanos y los feminismos negros. Esto es, estamos atravesados por géneros y sexualidades no normativas, a la vez que por la pobreza, la discriminación “racial”, la inmigración, el conflicto armado.

Una diferencia importante entre los colectivos feministas de clase media-alta y los grupos de mujeres de los sectores rurales populares es que mientras los primeros ponen como centro de sus reflexiones, debates y luchas la sexualidad y sus repercusiones en otros ámbitos; los segundos ponen como centro de sus luchas fundamentalmente el territorio.

En la unificación de ambas visiones, las sexualidades, los géneros y el territorio, está, desde nuestro punto de vista, una potencialidad política importante para dar concreción a nuestras luchas con el entendido de que solo una situación económica, política y cultural de buen vivir nos posibilita asumir nuestros cuerpos, sexualidades y deseos con libertad. Y el buen vivir, es decir “la satisfacción de las necesidades, la consecución de una calidad de vida y muerte digna, el amar y ser amado, el florecimiento saludable de todos y todas, en paz y armonía con la naturaleza y la prolongación indefinida de las culturas humanas” como ya lo definieran nuestros hermanos ecuatorianos en su Plan Nacional para el Buen Vivir 2009-2013; en las actuales condiciones, solamente está dado por la Segunda y Definitiva Independencia.

Cuando hablamos de la Segunda y Definitiva Independencia, partimos de la periodización propuesta por diferentes revolucionarios latinoamericanos y consignada por el filósofo argentino Néstor Kohan en Simón Bolívar y nuestra independencia. Una lectura latinoamericana: “las rebeliones de América Latina por su primera independencia abarcaron tres siglos (desde que llegaron los conquistadores y colonizadores europeos hasta comienzos del siglo 19). Bolívar coronó esas luchas venciendo al imperio español. A partir de allí se abre una segunda época (que ya abarca más de 200 años), la lucha por la segunda y definitiva independencia. Nos encontramos en esta fase”.

La fuerza simbólica de Bolívar y de la lucha por la Segunda y Definitiva Independencia no es infundada. Reconociendo en el imperialismo económico, político y cultural, el principal enemigo a vencer en la consecución del buen vivir en Nuestra América, el ejemplo de un Bolívar de nuevo cuño, disidente y contracultural, cobra plena vigencia.

Las obras arriba expuestas dan cuenta entonces de dos aspectos: el ser latinoamericano simbolizado en Bolívar y la crítica al modelo hegemónico heteropatriarcal.

Más allá de ser anécdotas históricas, las reacciones diplomáticas frente al Bolívar travesti y al Bolívar gay dan cuenta no solamente de la doble moral de unos gobernantes que mientras se pretenden defensores de los símbolos patrios entregan los territorios y la soberanía misma de Nuestra América a la voracidad imperial de las multinacionales; si no también, de una homofobia de Estado, con un lamentablemente fuerte arraigo en los sectores populares, que ve como inconcebible que los artistas y el pueblo desde su sentir disidente, obrero, campesino, tenga una apropiación creativa, transformadora y de re simbolización del sentir patriótico.     

En este sentido, las palabras del escritor chileno Pedro Lemebel frente al Bolívar travesti en su Juán Dávila (La silicona del libertador) no pueden ser más apropiadas: “(…) el imaginario libertino de la loca redobla la libertad al liberar la libido de los héroes. Devela cierta masturbación de confesionario, de quien observa esta pintura como frente a un espejo. La censura que opera con esta obra, es más bien autocensura, de quien se sorprende pillado en su secreta cochinada burguesa. Porque en última instancia, lo representado es sólo un imaginario como travesía sexual por la historia. Y en su retrospectiva pagana, quita los tules del pasado y reaviva por un instante la fiebre del cambio”.

El Bolívar que en la brega por la Segunda y Definitiva Independencia estamos resignificando las y los disidentes sexuales bolivarianos se construye maricón, transfeminista, lesbiana, transexual o bisexual. Incluye y supera el tricolor de nuestra bandera patria. Es un Bolívar creativo, crítico, irreverente que salta de la pasividad pasmosa de sus estatuas para cabalgar raudo contra la normatividad heterosexual, el patriarcado y toda forma de opresión.   

¡Larga vida al Libertador de nuestras naciones, culturas y sexualidades!

 

 

Leonas Porno Proletarias

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