El Día de la Afrocolombianidad en Santa María de Timbiquí

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Así se vive la Minga Afrocolombiana, que desde el 2013 se celebra en esta comunidad del Pacífico caucano

Por Mariana Reyes*

“Este es uno de los días más importantes, o quizá, me atrevería a decir el día más importante para nosotros los negros, porque el que no conoce su historia, pierde la estima de sus pensamientos”. Esto dijo el profesor Saturnino Grueso, educador popular, en la mañana del 21 de mayo en el auditorio que se levanta en medio de la fértil tierra, frente a los niños y niñas, los ancianos y jóvenes que con atención escucharon sus palabras. También las del profesor antioqueño Juan Manuel Serna, que habló principalmente de autogestión, de la construcción de una sociedad consciente y participativa, y celebró “la contribución de los negros a la humanidad entera”. Junto al profesor Serna estaba Olga Lucía Perales, licenciada en educación con posgrado en Lingüística, y John Jairo Blandón, profesor universitario en Medellín, abogado y licenciado en educación, invitados por el líder social y gestor cultural del pueblo, Bertewil Ocoro.

El 21 de mayo de 1851 el presidente de entonces, José Hilario López, firmó la abolición de la esclavitud y probablemente sea esta la fecha que enmarca un sinnúmero de luchas, cientos de años de resistencia, resistencia tanto políticosocial, como cultural. En Santa María de Timbiquí, situado en el Pacífico caucano, esta fecha se celebra recordando y viviendo las tradiciones, los ritos y ritmos que sus ancestros les dejaron como legado. La solidaridad prima sobre todas las cosas. Es una celebración de la comunidad para la comunidad; el cariño y la alegría que no se pueden medir, es lo que se vuelve contagioso y se queda prendido de los corazones de quienes han tenido la fortuna de celebrar este día en medio de la selva caucana, con el Río Cesé, que acaricia sus playas de piedra y que caudaloso se escucha su correr a un lado del pueblo. 

Desde hace cuatro años, un grupo de gestores culturales del corregimiento, en el marco de la festividad que brinda la fecha, se ha encargado de organizar la Minga Afrocolombiana. Con trabajo arduo han logrado reunir a hombres y mujeres para celebrar sus raíces que en medio de la humedad de la selva, atraviesan los océanos y conectan a América con África. Ante los ojos de un extraño se desborda la verdadera riqueza cultural de una comunidad que habita en medio de la opulencia que brota desde la misma tierra, que a la vez ha sido olvidada y desprotegida por ese que dice ser su Estado. En Santa María se respira una especie de rebeldía, una desobediencia consciente que exige dignidad e igualdad de condiciones. 

Desde el 19 se empieza a sentir en el ambiente cierto espíritu jovial en el trato, entre las calles, niños y niñas practican sus bailes bajo la lluvia que les marca el ritmo. Las bandas que tocan los sonidos más tradicionales, ensayan en casas de madera de las que salen los dulces sonidos que pronuncia el piano de la selva: la marimba. Suena también el guasá, el cununo y los coros de los niños que acompañan los instrumentos. 

Mientras tanto, en el parque trabajan para montar la tarima en madera, con techo de lata que amparará a los artistas de la lluvia durante el día y la noche del 21. En las noches que separan la llegada de la fiesta, frente a las casas, se ven familias y amigos reunidos en torno a las guitarras que cantan historias contadas por los que alguna vez estuvieron vivos. Dentro de la sabiduría que no deja de mostrarse, se respira curao, viche, tomaseca y arrechón, y así llega el esperado día.

A las siete de la mañana del 21 de mayo suena el marchar de las mujeres al ritmo del bombo, la tambora y los platillos. Niños y jóvenes caminan por las calles, resbalosas por la primera llovizna del día, con pancartas y arengando por sus derechos, exigiéndole a un Estado que no los escucha, que los ignora, igualdad de oportunidades. 

Después de esto viene una misa oficiada por el Padre Bolívar Montaño, quien hace un llamado a la comunidad para preservar sus costumbres, un llamado a la fortaleza que se evidencia en la esbeltez de la figura negra, en su ahínco, en la resistencia de su lucha y en la manera como defienden su territorio, en el poder que reside en sus mentes. 

Tras la misa viene el marco académico de la Minga: el conversatorio con los profesores antes mencionados, se declaman los poemas que hacen oda a la existencia del negro, y otros se cuestionan el significado de ser negro en la sociedad actual y con las implicaciones socioculturales de un país como Colombia.

“Dar la lucha significa unidad organizativa”, comentan, mientras otros se preguntan acerca de la construcción de la paz en Colombia, sin que las comunidades negras de todo el territorio nacional sean plenamente partícipes. Para el afro, el territorio es la vida, sobre ese suelo habitan sus prácticas más ancestrales. Es desde ese territorio que se preservan sus costumbres, de ahí su espíritu indomable, su desobediencia ante este Estado irrespetuoso, indiferente, indolente y corrupto. 

Llegado el medio día, la gente se disipa, se van a sus casas a cambiarse, todos lucen su mejor traje. Los colores vivos de las telas desfilan y adornan las calles. Se ven mujeres con enormes turbantes de todos los colores y con sonrisas dibujadas en sus rostros, los hombres visten de blanco o camisas igualmente coloridas, las niñas y niños con sus trajes típicos de los bailes tradicionales. 

La lluvia, siempre presente, hace brillar el suelo pavimentado del parque, donde mujeres descalzas comienzan a bailar. Faldas blancas y largas con boleros rojos se alzan cada vez que dan vueltas. Entre baile y baile suena salsa y con la salsa se levantan también los cuerpos erguidos de los hombres para tomar de la mano a las mujeres. Poco a poco todo se transforma en sólo felicidad. Comienzan las bandas a tocar, el Grupo Balanta, el Grupo Cañaveral, y Maboncú hacen que el atardecer y la noche se vistan de fiesta. El fuego que trae la rumba de la noche está a cargo del grupo Balanta, Emeterio Balanta, el cantante, se encarga de impregnar la alegría en las almas por el resto de la noche.

Toda una comunidad reunida para celebrar las raíces más profundas, una celebración que no es posible sin la existencia de la comunidad. También de aquellos que con el esfuerzo de los gestores culturales se transportan por todos los medios posibles desde Buenaventura, Cali, Medellín, Timbiquí, Guapi, Tumaco, San José y Coteje, sólo para que esta Minga sea posible, sacando de sus propios bolsillos, sin ayuda de ningún tipo por parte del gobierno. 

La Minga Afrocolombiana, con tan sólo cuatros años, también hace resistencia. La Minga es el significado de la resistencia cultural de un pueblo, que se esfuerza por preservar, también para los que habitan las urbes, sus tradiciones, la belleza que habita en sus costumbres que se aferran al territorio que los ha visto nacer y crecer generación tras generación. 

 

*Oficina de Prensa Marcha Patriótica

 

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