Tres tristes muertes y un distinto dolor

Análisis
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Colombia lamenta la muerte del cantante Martín Elías Díaz. Pero también la de la deportista Andrea Álvarez y la del bebé de una prisionera política

 

Por Camilo Rueda Navarro

 

Este Viernes Santo el luto copó los medios de comunicación y las redes sociales en Colombia por la prematura muerte del cantante vallenato Martín Elías Díaz. 

 

Hijo de Diomedes Díaz y con tan solo 26 años, Martín Elías falleció en un accidente automovilístico, en similares circunstancias en las que murieron otros artistas vallenatos como Kaleth Morales y Patricia Teherán.

 

Con menos resonancia, este 14 de abril también se presentó la muerte de la taekwondista Andrea Álvarez Arroyave. La deportista boyacense, de apenas 24 años, murió al parecer por un ataque cardiaco, versión no confirmada por fuentes médicas hasta ahora.

 

Álvarez era medallista mundial en la modalidad Poomsae y se perfilaba como figura del deporte nacional. Su pérdida entristeció a la comunidad deportiva y a los aficionados de las artes marciales.

 

En la misma fecha, y con mucha menos cobertura mediática, falleció el bebé de Rocío Cuéllar Guevara, una prisionera política que se encontraba en espera de amnistía y que necesitaba de un traslado urgente para salvar a su bebé. 

 

Cuéllar, militante de las FARC, estaba recluida en la cárcel El Buen Pastor de Bogotá y el 31 de marzo pasado había dado a luz a un bebé prematuro que se encontraba en grave estado de salud.

 

A pesar de que desde múltiples instancias se pidió atención oportuna y un traslado a un centro médico con la capacidad requerida para atender el caso, el bebé falleció este viernes en el Hospital de Engativá de II nivel.

 

Tres muertes y un rasero diferente

 

El caso de Martín Elías generó un debate entre algunos usuarios de Twitter. Mientras unos lamentaban el hecho, otros manifestaban desconocer al artista y le restaban magnitud a la trascendencia que le han dado los medios de comunicación. Otros fueron más allá y se lamentaron que el país llorara "la muerte del hijo de un asesino", tema que no es del resorte de esta columna.

 

Si bien es completamente legítimo el luto y el dolor por la inesperada pérdida del artista en condiciones trágicas (que se pudieron evitar), sí vale la pena contrastar el caso con el trato que se le da a la muerte de la deportista Andrea Álvarez y a la del bebé de la prisionera Rocío Cuéllar.

 

En el caso de la taekwondista boyacense, esta pasó casi desapercibida y evidencia la falta de interés nacional hacia sus deportistas. Sólo nos acordamos de ellos a la hora de las grandes competiciones y para enorgullecernos de ellos en los momentos de gloria.

 

Deportistas que generalmente están desamparados por el Estado, que no tienen un ministerio que les represente dignamente y que no tienen recursos acordes con los títulos que en múltiples categorías han logrado en los últimos años.

 

Y si así es el trato para los deportistas que le han dado glorias al país, pensemos en la situación de la población reclusa, que desde hace años vive un “estado de cosas inconstitucional”, que está en condiciones inhumanas de hacinamiento y que padecen un martirio día a día.

 

Población que en un importante porcentaje son sindicados, en otras palabras, inocentes porque no se les ha comprobado ningún delito y están a la espera de juicio. Inocentes que a pesar de ello padecen “la universidad del crimen”, como se le conoce a la cárcel.

 

Los bebés de la paz

 

La muerte del bebé de la prisionera Rocío Cuéllar es una alerta para el proceso de reincorporación de las FARC a la civilidad. También para el futuro que les espera a los “bebés de la paz”, es decir, los hijos de guerrilleros que han sido concebidos en la etapa del cese al fuego bilateral y de implementación de los acuerdos de paz.

 

Igualmente es un caso que se pudo haber evitado, pues Cuéllar estaba a la espera de la aplicación de la Ley de Amnistía, expedida desde diciembre pasado y que hoy está engavetada en los despachos judiciales por cuenta de un paro por falta de personal en la Rama Judicial.

 

Si se hubiera aplicado a tiempo la Ley de Amnistía, este bebé probablemente hubiera podido salvarse al haber estado su mamá en libertad. Y aún sin amnistía, se hubiera podido hacer más por salvar su vida si las entidades distritales y nacionales hubieran atendido el llamado que se hizo oportunamente.

 

Las autoridades, señaladas por algunos como “negligentes”, hubieran podido salvar una vida pero ahora se lavan las manos y reportan que el traslado sí se había autorizado pero que no se pudo concretar.

 

Las tres muertes, en todo caso, hacen parte de un mismo país que se debate entre el pasado de guerra y la posibilidad de la paz. Entre el odio y la reconciliación. Y entre el dolor por sus muertos de primera, segunda y tercera categoría, y la esperanza de una nación con justicia social.

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