Claudio Tique: “Mi lucha es por la verdad”

 

Hoy hace veinte años, el 15 de julio de 1997, paramilitares se tomaron Mapiripan (Meta). Claudio Tique, sobreviviente y denunciante de la masacre, habla sobre lo sucedido. 

Por: Mariana Reyes.

Todavía hacía frío cuando encontré a Claudio Tique, con su mirada clavada en el celular, parado frente a la estación de Transmilenio de Patio Bonito. A pesar de ser nuestro primer encuentro su saludo fue caluroso, sus brazos fuertes me rodearon el cuello y en su mirada se dibujó una sonrisa que no se desvanecía. 

Empezamos a caminar hacia su casa, situada a dos cuadras de la salida sur de la estación, con el fin de darle inicio a lo que sería una serie de relatos cargados de dolor y sufrimiento, inconformismo, de resistencia y entereza. 

Claudio Tique Briñes nació en Ortega, Tolima, y es una de las tantas víctimas de la larga lista de los crímenes cometidos por el Estado. En 1954 se trasladó en compañía de sus padres y hermanos a Puerto Boyacá. Tres años más tarde sufrió, con tan sólo catorce años, su primer desplazamiento forzado. Y consigno aquí el primer desplazamiento ya que a éste le siguieron cuatro más. Los recuerdos  de sus catorce años y los que siguen son vagos. Sin estabilidad alguna, Don Claudio comenzó a trabajar en fincas como jornalero para obtener el sustento del día a día. Los momentos efímeros que lo han llenado de felicidad aparecieron a finales de la década del 70. Para ese entonces vivía en Girardot, donde conoció a su esposa, con quien tuvo dos hijos. 

Con su familia, esta vez la que él había construido de la mano de María, que vivió su segundo desplazamiento. En 1983 fueron desplazados de Girardot por la delincuencia común, comenta Don Claudio, y es en ese mismo año que llegaron a Mapiripán en el departamento del Meta, en dónde finalmente encontró la estabilidad y tranquilidad que tanto andaba esperando. 

–“Construí una casita perfecta para los cuatro, teníamos gallinas, una o dos vacas y sembrábamos lo que nos íbamos a comer. En el 85 María quedó en embarazo y la alegría fue tremenda, ya teníamos nuestra casa y la posibilidad de vivir tranquilos en el campo”-. 

Fue aquí donde con su familia se establecieron durante catorce años, hasta que el 15 de julio de 1997 ocurrió lo que ningún habitante hubiera podido imaginar: La masacre de Mapiripán. 

Sus ojos se bañaron en lágrimas y con la voz entrecortada comenzó a narrar imágenes que nunca se borrarán de su memoria: 

-“Eran las AUC, paramilitares entrando por tierra en camiones y otros por agua,  sólo escuchaba la balacera, tiros al aire y a los que ellos consideraban eran colaboradores de las FARC los gritos de las mujeres y el llanto de los niños. Los animales tampoco se callaban.  Y yo sólo podía pensar en mi María y en mis hijos. Ahí fue que nos tocó salir corriendo con lo que pudiéramos cargar”-. 

Vi en él un hombre fuerte con un rostro cansado, lleno de dolor y sufrimiento. Con sus manos cuarteadas por el sol limpiaba las lagrimas que ya iban a la altura de sus mejillas.

“Esa noche lo único que me importaba era que toda la familia quedara completa. Mandé a María con los dos hijos menores para donde una hermana de ella en el Guaviare, mi idea era venirme para Bogotá con el hijo mayor, pero lo mataron en medio de la balacera. Y no me va creer que ya en Bogotá me volvieron a desplazar, así que agarré para Charra, allá en el Guaviare donde sabía que vivía la hermana de María, a buscarla, a abrazar a mis dos hijos, y pues a contarle que el mayor ya no estaba más”-. 

Don Claudio llegó en 1998 a Charra en donde encontró a su María  con sólo un hijo, pues según me contó sin mayor detalle, el otro había desaparecido desde la masacre de Mapiripán. María le había perdido la pista en medio de la huída y tan sólo con el menor agarrado de la mano fue que logró mantenerlo con vida. Una vez más las lagrimas surcaron su rostro; me tomó de la mano y la apretó con fuerza, mientras yo con la otra le abrazaba la espalda.

La historia se repitió una vez más, de Charra fueron desplazados y, en esta ocasión, fue él quien perdió la pista de María y su hijo. 

En el 2005 Don Claudio volvió a Bogotá. Sin esposa e hijo se instaló en lo que hoy es su casa. Retazos de plástico, madera y latas. Una cama inestable, sin luz ni agua, en medio de un terreno que es utilizado para el reciclaje.  

– “¿Le parece a usted justo vivir así? Yo tenía mi terreno con mis pollos y vacas, las hortalizas que nos daban de comer, para pasar a vivir en esto, en medio de esto…”-.

Me quedé sin palabras. No supe que decir. Fueron mis ojos los que se llenaron de lágrimas. –“No, no me parece justo”-  le respondí al señor de 74 años que no dejaba de mirarme.  Evidentemente no es justo, es más bien un claro ejemplo de lo que significa la injusticia, una de sus tantas manifestaciones.

Don Claudio continuó su relato y en el transcurso vi como cambiaba su semblante.  

–“Yo no me rindo, ni bajo la guardia. Mi lucha es por la verdad, porque cuando hay verdad también hay poder”-. Me comentó que hace parte del MOVICE (Movimiento de Victimas de Crímenes de Estado) y también asiste a cada una de las reuniones que organiza  ASPODEGUA (Asociación de Población Desplazada del Guaviare). No entiendo cómo o por qué después de tanto dolor y sufrimiento vi algo de esperanza en él.  

El tiempo había corrido en medio de sus relatos y Don Claudio debía estar en el parqueadero de un centro comercial cercano, dice él ‘limosneando’, por que no tiene un sueldo fijo sino vive de lo que le quieran dar los dueños de los carros.

Llegó el momento de despedirnos. Me acompañó hasta la estación de Transmilenio, no sin antes tomarnos un tinto en la panadería donde generalmente desayuna.  

-“Trabajemos unidos porque unidos venceremos. Hablamos de Derechos Humanos y esto significa respetar su vida como sea, que es lo que no se respeta. Asesinan a nuestros hijos, mujeres, compañeros, a los campesinos reclamantes de tierras, pero todavía estamos los que, así estemos viejos, queremos un lugar mejor para los que vienen”

Nos levantamos de la mesa y salimos hacia la estación. El abrazo de despedida fue aún más fuerte que el mismo saludo caluroso. 

Me dejó un sin sabor, un nudo en la garganta. Pero sus últimas palabras en la panadería hicieron cambiar mi semblante.

Sé que todavía existen seres que, como yo, quieren un lugar mejor para todos.