Celebro Timbiquí

 

Por Mariana Reyes

Mi memoria olfativa retiene el olor a pescado y a pan recién hecho al que lo acompaña un vaho de alcohol que despiden los cuerpos. En el recuerdo persiste la contaminación auditiva que dejan las competencias de equipos de sonido que dirigen hacia las calles de la abandonada Timbiquí. Situada en la costa Pacífica del departamento del Cauca, sumida en la apatía y desidia del Estado, apoderada por la pobreza no de espíritu, sino de esa pobreza que el gobierno se ha encargado de repartir a todos por igual. 

Tengo presente también las voces roncas de aquellos borrachos que celebran la vida, el choque de botellas que brindan por algún amor o desamor, y siempre las voces de los niños que juegan y gritan entre calles. De fondo un vallenato, una salsa, salsa choque, reggaetón, trap, entre los más jóvenes. Y de algunas casas en madera, que se elevan desde el suelo hacia lo más alto, pintadas en colores vivos, se escucha el latigar de la marimba y los tambores contra la tierra misma. Los ritmos más tradicionales adornan y envuelven en magia las calles vaporosas de la bella Santa Bárbara de Timbiquí. De sus calles polvorosas, mis ojos irritados y el andar lento de los viejos mientras arrastran sus pies contra el piso empedrado. De la naturaleza, los más arrulladores sonidos que pronuncia la selva cuando ésta se deja escuchar del río que corre caudaloso, la insaciable lluvia que marca el ritmo y custodia las relentes noches. 

 –¡Familia!– se gritan los dioses de ébano de esquina a esquina o desde los balcones que se alzan en el cielo sobre los caminos de herradura. Es difícil saber que es lo que realmente enamora de esta tierra rica, seguramente es el cariño y benevolencia de la gente que envuelve y no suelta, las enormes sonrisas que se dibujan en sus rostros, dejando ver sus perfectas dentaduras blancas. Siempre hay un saludo acompañado de un buen trato: Buenos días, buenas tardes y buenas noches, gracias, por favor. Las buenas maneras no se pierden, se rescatan.

Una región de Colombia, como tantas otras, marcada en lo más profundo por las huellas que deja la injusta guerra, el conflicto interno que se ha perpetuado en este pedazo de tierra. En las miradas se lee, si se hace con detenimiento, el sufrimiento y dolor que, al parecer, a algunos se les quedó prendido al alma. Entregados a las manos del olvido, sentados sobre la indiferencia de este Estado corrupto, irrespetuoso e irresponsable, no les queda más que sobrevivir en medio de la riqueza de su tierra, entre sus penas y alegrías,  sin acueducto ni alcantarillado, sin educación superior y con el mismo sistema de salud precario que atiende a millones de colombianos. Olvidados, desvalorados, sometidos y saqueados de sus raíces más profundas, esas que conectan los continentes.

Sin embargo, siempre celebro y celebraré el encanto de las diferencias en las costumbres, en la gastronomía, en los ritos y ritmos, y en las maneras de vivir de nosotros los humanos. Encontré revuelta la belleza en el sincretismo que quedó impregnado en cada uno de los poros de los timbiquireños, su fe absoluta y solo suya, que se encierra en cantos y rezos, pero que a la vez los confiesa como las almas libres y alegres que realmente son. 

Celebro a Timbiquí y la gente que la habita.