Recuerdo que una anciana en Bogotá hizo parar las obras del Calle 100 porque en las noches no la dejaban dormir. Maquinaria pesada, obreros y costosos materiales tuvieron que quedarse parados varias noches hasta que lograron concertar con los vecinos porque les estaban afectando la calidad de vida. Enhorabuena que hayan hecho valer sus derechos porque para eso están para hacerse respetar. Valga decir los derechos ciudadanos y el respeto por el individuo son quizá el gran logro de las democracias modernas occidentales.

“Es un chambón”, “este trancón es culpa de Petro”, “es que los de izquierda no saben gobernar”, “el peor Alcalde de la historia”. Estas expresiones que hoy ya se repiten mecánicamente por buena parte de la ciudad, ¿en realidad son veraces? o ¿son una mentira repetida mil veces que se convirtió en verdad? Veamos los hechos.

Las 37 reformas constitucionales ya aprobadas y las otras tantas en curso, así como la perversión de poderes reales que penetran la economía, la política y la vida social colombiana, han destruido el frágil sistema de contrapesos entre instituciones públicas y han sumido en la abyección nuestro régimen político.

El escándalo actual de la Rama Judicial, aunque es hoy el más conspicuo, lastimosamente está lejos de ser la única muestra de agotamiento de la democratización y gobernanza que buscó el constituyente primario en el 91.

Lastimosamente los colombianos nos negamos a mirarnos al espejo como país. Si lo hiciéramos, nos daríamos cuenta de que a pesar de múltiples intentos por invisibilizar la existencia de una Colombia rural, la verdad pura y dura es que uno de cada cuatro colombianos viven en el campo.

Sin embargo muchos de los fenómenos que explican lo que hoy somos como sociedad están ligados directamente al campo.

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