Dejación de armas de las FARC y el nuevo orden comunitario

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A pesar del incumplimiento estatal, Colombia celebra con júbilo que 7.132 armas salen de la guerra. Es hora de darle vida al capítulo étnico del acuerdo

 

Por Aidén Salgado Cassiani*                                      

Este 27 de junio se llevó a cabo uno de los hechos más importantes para la democracia colombiana: la insurgencia más vieja de las Américas, después de 53 años de alzamiento armado contra el Estado colombiano, decide dejar las armas como resultado del acuerdo pactado con el gobierno nacional.

Son 7.132 armas que, según contabilizó la ONU, salen de la guerra. Con este gesto, la insurgencia cumple su compromiso asumido con los colombianos y demuestra que desde que llegó a La Habana fue con la determinación de parar la guerra que tanto ha desangrado a nuestra sociedad, en especial la gente pobre de los campos. Porque es la gente pobre la que va a la guerra, la que conforma los diferentes ejércitos legales e ilegales, como la Policía Nacional, el Ejército Nacional, las guerrillas, los paramilitares, los grupos emergentes. Todas estas filas son compuestas mayoritariamente por gente pobre y humilde.

Esa gente pobre y humilde es la misma que hoy aplaude el gesto y compromiso de las FARC. Fueron los mismos que el año pasado celebraron el cese bilateral de fuego. Las mismas familias pobres del campo que les escuché decir en diferentes viajes a regiones: “por aquí no podíamos pasar, teníamos años que no pasábamos una semana sin bombardeos, sin escuchar ametrallamientos, sin escuchar minas antipersonales, hoy estamos viviendo una tranquilidad que debe permanecer porque también tenemos derecho a vivir sin zozobra, en paz”.

Ahora bien, ante el meritorio gesto de una guerrilla que no fue derrotada y optó por la senda del diálogo, hay que preguntar cuáles son los gestos y compromisos del Estado colombiano en cabeza del gobierno nacional. Y creo que debe ser el cumplimiento de los compromisos pactados. Pero la realidad es que el gobierno no está haciendo lo mismo que la contraparte. A la fecha, más de seis meses después de que se firmaran los acuerdos, parece que no se han firmado para materializarlos sino para renegociarlos. La ley de amnistía sigue sin cobijar si quiera la mitad de los insurgentes; la reglamentación de las curules de paz están sin ser aprobadas por el Congreso; y en general, la seguridad política como jurídica de los miembros de la guerrilla continúa en el limbo.

Entre los incumplimientos del Estado colombiano no sólo están los que van dirigidos a la “guerrillerada”, también los acuerdos que benefician a la población que ha sido víctima de este conflicto, como los campesinos, los cultivadores de coca, los movimientos sociales, entre otros. Continúa sin aprobarse en el Congreso la reglamentación del primer punto de los acuerdos, la reforma agraria integral, el PNIS y otros mecanismos contra las drogas; y los espacios políticos resultado del punto de participación política marchan con lentitud.

Los incumplimientos del Estado colombiano dejan mucho qué decir de la seriedad con que se cumple lo pactado en Cuba. Hoy los hechos nos llevan a decir que no existe una voluntad real de cumplir lo pactado, y esto sucede ante el silencio cómplice de la dirigencia de Colombia y el auspicio clerical de los medios de comunicación, para los que parece que el compromiso de cumplir lo acordado es sólo de la insurgencia y no del Estado también.

Este incumplimiento hizo que los guerrilleros de las FARC presos en las cárceles colombianas se declararan en huelga de hambre, a la cual se le sumó uno de los negociadores de la insurgencia, Jesús Santrich, para pedir el incumpliendo de la excarcelación de los guerrilleros, compromiso sin cumplir cabalmente por el gobierno.

Ante todo este incumplimiento, los habitantes de los lugares donde de una u otra forma el Estado no llegaba y era la insurgencia la que brindaba seguridad y convivencia, preguntan quién nos cuidará ahora. En el caso de las comunidades negras, surge la necesidad de darle vida al capítulo étnico de los acuerdos, con la creación y puesta en práctica de las guardias cimarronas para la convivencia y la seguridad de los líderes sociales y el territorio.

A pesar de todo ello, Colombia celebra con júbilo que son 7.132 armas las que salen de la guerra y que no volverán a ser usadas. Ese es el hecho más importante, ya que sella un ciclo de guerra de más de medio siglo. Con todo ello queda demostrado que la única arma de hoy en adelante será la palabra, palabra que requiere de espacios para ser escuchada, palabra que esperan no ser silenciada, palabras que abren caminos de esperanza por una nueva Colombia.

 

Desde el palenque de San Basilio, un cimarrón todavía.

 

* Palenquero, miembro de Conafro, del Ceuna y de Cenpaz. Kombilesa. Activista. Correo: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it..

 

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